Por los caminos del pueblo

Por Juan Sintierra

Ese Getafe que hoy conocemos, esa ciudad acogedora cuyas calles recorremos a diario, a veces en un apacible paseo, otras a la carrera, en días de sol y alguno de lluvia, en ocasiones con una sonrisa que saluda al vecino y, los menos de los días (o los más, tanto dará) ensimismados; ese Getafe al que algunos dicen mi pueblo, no porque sea pequeño, ya no lo es, al menos, sino porque lo sienten, lo sentimos, como el hogar, como nuestro hogar, aquel sitio del que somos, del que seremos; ese Getafe tan vuestro, tan de ustedes como de uno que escribe estas líneas, tan nuestro y de todo aquel que le quiere.

Ese Getafe, decía, este, el de hoy, no fue siempre así. Ni tampoco se hizo solo. El Getafe de mediados del sigo pasado, el de poco después de aquella guerra que trató de asesinar a la España que quería avanzar, sí era un pueblo, de no muchos habitantes, pequeño, rural más bien, calles de tierra, empedrada alguna, quizá… un pueblo. Pero los tiempos comenzaron a cambiar, en el campo se inició un proceso de vaciado que llega hasta nuestros días, la industria comenzó a crecer en las periferias de las grandes ciudades (esto no llega a nuestros días, Maastricht, ya saben): se necesitaban menos agricultores y más obreros, una historia conocida.

Getafe se convirtió así en una ciudad industrial a la que llegaron gentes de las Castillas, de Andalucía, Extremadura y vaya usted a saber de dónde no. Vinieron en busca de un futuro mejor, algunos solo de un futuro, pues mejor eso que nada, y, con los años, con el trabajo junto al vecino, con la ayuda mutua entre aquellos que se sabían parte un futuro en común, se fueron haciendo getafenses. Y en esas, el pueblo crecía.

Y donde hay fábricas, lo saben también ustedes, aparecen avariciosos que solo quieren ver sus manos rebosantes de aquello que otros ganan; aparecen empresarios (emprendedores hoy, capitalistas ayer) que intentan, que se creen con derecho incluso, explotar a al obrero. Pasó, y pasa, en muchos otros sitios, pasó en Getafe también. Supongo que debieron pensar que aquella gente que venía de mil sitios aceptaría la miseria agradecida, que no levantaría la voz ante la injusticia, que no lucharía. Necios.

Corrían los años 60 y corrían los obreros delante de los grises, los días buenos quizá corrieran detrás; corrían por quejarse, por levantar la voz contra el explotador, por luchar, porque la huelga había que hacerla, quisieran o no, pudieran o no. Corrían, hoy lo podemos decir, hacia el futuro, y ya no uno cualquiera, sino uno mejor.

Corrían los años 70, y aunque murió la bestia, sus animales se sujetaban a las ataduras. Pero Getafe no dio ni un solo paso atrás, ni siquiera para tomar impulso, como diría aquél, pues los getafenses llegados de mil lugares eran el motor que alimentaba el progreso de lo que ya era una ciudad. La democracia al final llegó, y los años de lucha los podemos ver en aquellas elecciones y en muchas que siguieron, los vemos en ese cinturón rojo. Y creció, Getafe creció mucho, sigue creciendo, y no solo porque cada vez seamos más: colegios, institutos, hospital, escuela de música, ambulatorios, conservatorio, centros cívicos, universidad… Y así una abultada lista de servicios públicos que garantizan un pueblo digno.

La Historia es más compleja, por supuesto, y son tantos los detalles que para contarlo bien esto no debería ser una columna, sino un documental. Pero hay algo claro: por lo que fueron, somos. Por lo que fueron aquellos obreros que lucharon pese a tenerlo todo en contra hoy vivimos en una ciudad con una gran calidad de vida. Por ello, hoy tenemos dos imperativos: no olvidar, jamás, cómo sé hizo Getafe, quién hizo de aquel pequeño pueblo una ciudad; y seguir luchando, siempre, cada día.

En nuestra mano está no retroceder, en nuestra mano está mantener a raya a aquellos que no quieren a Getafe y que solamente lo quieren para enriquecerse mediante tramas corruptas como la Púnica; de aquellos que proponen dar rienda suelta a los deseos de los explotadores bajo el nombre de liberalismo; de aquellos que añaden adjetivos al feminismo para defender que las mujeres puedan ser objeto de consumo; de aquellos que, en fin, quieren ver de nuevo a los grises corriendo tras los obreros.

Resistiremos.

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